¿Qué vemos (y qué no) cuando marchamos el 8M? Leer la marcha para pensar la ciudad

Por: Tonantzin Moya / IG: @tonantzinmoya / X: @huitlacochi

En los antiguos pergaminos se llamaba palimpsesto a los textos que se escribían sobre pergaminos reutilizados de otros textos, donde todavía quedaban huellas de lo que había estado antes. Algo parecido ocurre en las ciudades: sobre una misma calle conviven muchas historias superpuestas —relaciones de poder, memorias, protestas y ordenamientos en disputa.

El espacio público es un palimpsesto lleno de tensiones. En él ocurren violencias y marchas que les contestan; segregaciones y peticiones para desterrarlas; precarizaciones y proyectos sociales que intentan contrarrestarlas.

Es el escenario de muchas disputas, pero ninguna en condiciones parejas. No es un territorio neutral, y ni siquiera estoy segura de que podamos seguir llamándolo público. A veces parece que tenemos que pedirlo prestado, alquilarlo y, como ocurre cada 8M, tomarlo.

Arrebatarlo. Disfrazarlo. Interrumpirlo.

Usarlo para seguir cuestionando quién puede aparecer y cómo, qué historias han de contarse y qué conflictos se van a nombrar. El 8M es una marcha que ocurre en el territorio para interpelar las reglas que organizan ese mismo territorio. Porque el 8M interrumpimos la ciudad —ese territorio que habitamos— para disputar lo que la ciudad significa, lo que permite y lo que hemos aprendido a normalizar al habitarla.

Por eso vale la pena detenernos a mirar esta manifestación colectiva con todo lo que tiene que decirnos. Lo que tenemos que decirnos cuando, por unas horas cada año, la ciudad se ve forzada a mirarse a sí misma. 

Esta marcha está profundamente anclada al momento histórico convulso y confuso que vivimos. Nos convoca desde la consigna “Juntxs contra todo despojo”, después de observar durante más de un año el despojo de Palestina, los conflictos de imperialismo en Latinoamérica y las imposiciones -y ahora guerra- en Medio Oriente. Y en casa, el despojo de nuestros espacios públicos, del transporte, de la vivienda y de muchos de nuestros patrimonios culturales, naturales y ecosistémicos. También el secuestro de la verdad en medio de las narrativas del crimen organizado.

Por eso, nombrarlo así es ético, político y poderoso: hoy la resistencia más urgente que enfrentamos es contra todas las formas de despojo que atraviesan nuestras vidas.

Para responder a esta convocatoria sin abrumarnos, proponemos observar con ojo clínico lo que aparece en la marcha: la disputa de imaginarios, la disputa de los territorios y la disputa por la memoria de nuestra ciudad.

Disputa 1: los imaginarios y sus futuros posibles

Las consignas, los carteles, los cantos y los cuerpos presentes cuentan historias distintas a las que normalmente dominan el espacio público. Juntos forman testimonios honestos de la realidad que vivimos, de los sujetos que denunciamos y de las luchas que siguen sin resolverse.

Todas estas expresiones ocurren en el mal llamado espacio público del Centro tapatío, tan intervenido recientemente para mostrar una cara lustrosa a los turistas del mundial, y son una forma de introducir otros relatos: la violencia que muchas mujeres viven en silencio, las ausencias que dejan las desapariciones, el cansancio de sostener el cuidado cotidiano en contextos de violencia, los distintos agresores y sus cómplices domésticos e institucionales, y la rabia de no ser escuchadas.

Lo paradójico, hermosamente paradójico, es que nombrar estas realidades nos rescata del vacío del silencio. Cuando algo no se nombra, no se reconoce; y si no se reconoce, tampoco se puede imaginar que deje de existir. En cambio, al poner palabras colectivas sobre lo que nos hiere, exigimos que desaparezca y abrimos nuestra imaginación a un mundo distinto. Una ciudad donde aquello que hoy está al margen pueda, por fin, desocupar ese lugar.

Disputa 2: la territorial

Cuando miles de personas ocupan las calles, el uso mismo del espacio urbano se tensiona. Las avenidas del tránsito se reorientan como lugares de encuentro y de protesta.

En ese gesto se disputa algo fundamental: quién tiene derecho a aparecer en la ciudad, qué historias pueden ocupar sus espacios más visibles y qué conflictos se permiten nombrar públicamente. Porque no nos engañemos: ni todas las luchas han logrado el reconocimiento suficiente para estar representadas, ni a todas las personas se les presta el megáfono. 

En la convocatoria no se menciona un contingente indígena, campesino o de comunidades desplazadas por la violencia, y vaya que hace falta. Tampoco vemos que, pese a la magnitud de la marcha, podamos incomodar más calles o interrumpir la ciudad más días al año, solo uno. Uno nos tiene que dar para incomodar y sensibilizar lo suficiente para que haya cambios estructurales, aunque sea gradualmente.

La lucha por la vida sigue entendiéndose muchas veces desde un esquema de familia tradicional donde no caben todos los modelos de familia existentes, ni se amplía el cuidado hacia los sujetos no humanos que también sostienen la vida. Ni los contingentes somos tan diversos como nos gusta pensarnos.

La marcha no borra el profundo distanciamiento social que hemos construido. Y por eso todavía no logramos colocar la vida de todas las otras en el centro de cada lucha.

Así, el territorio de la marcha —esas calles, ese horario, la gente convocada y la que sigue silenciada— es apenas la punta del iceberg de las tensiones territoriales de fondo.

Y hay otra dimensión del territorio muy presente en las luchas de las mujeres: la del cuerpo-territorio, nuestra cuerpa que arrebatamos de todo y de todos quienes intentan apropiársela.

Es algo que los feminismos latinoamericanos han insistido en señalar: antes de la ciudad o la tierra, el primer territorio en disputa ha sido siempre el cuerpo.

La cuerpa guarda una relación tan íntima con los territorios que habita que se vuelve su testimonio y legado vivo de su historia. Violarla es interrumpir ese legado. Dictar las normas como debe habitarse, también. Sobre el cuerpo, una y otra vez, intentan intervenir industrias, convenciones sociales y leyes.

Pero la cuerpa no solo quiere sobrevivir ¡quiere vivir! Caminar sin miedo, mostrar su majestuosidad y opulencia. Que ninguna vuelva a aprender a encogerse para sobrevivir.

De ese cuerpo-territorio —y de lo que nos enseñan los feminismos de nuestra región para defenderlo— hablaremos con más calma en el siguiente capítulo.

Disputa 3: la memoria

Las marchas dejan nombres escritos en los muros, fotografías levantadas en alto, bordados con historias, consignas que recuerdan vidas que la ciudad no debería olvidar. Y aunque sus rastros se vayan borrando con el tiempo, se limpien los monumentos o se vuelvan a pintar las paredes, ya quedó registro de lo ocurrido.

Incluso cuando las evidencias desaparecen físicamente, algo de esa escritura permanece flotante en la memoria colectiva. Quienes caminaron esas calles ya vieron esos nombres. Ya escucharon esas historias. Ya compartieron ese momento con muchas otras personas.

La marcha crea un archivo vivo de la ciudad, de nuestro caminar colectivo y de nuestras luchas.

Por eso, las marchas son momentos en los que la ciudad se ve obligada a mirarse a sí misma.

Quizá el próximo 8 de marzo podamos caminar —o simplemente observar— con algunas preguntas en mente:

  • ¿Quiénes marchan y quiénes siguen ausentes?
  • ¿Qué violencias ocupan el centro de nuestra preocupación?
  • ¿Qué luchas se nombran y cuáles todavía buscan un lugar?
  • ¿Quién marcha con quién?
  • ¿Qué emociones circulan entre quienes caminamos juntas?
  • ¿Y qué huellas deja la marcha cuando termina?

Porque aunque la marcha dure unas horas, las preguntas que deja en la ciudad duran mucho más. 

#YoVoy8M ¿Vienes con nosotras? Y nos escuchamos después de la marcha para seguir leyendo la ciudad juntas. Recuerda: la cita es en Voces del Ahuehuete. Lunes a las 12:00 del día por lacoyoteraradio.org y en el 102.3FM