Frente a la violencia, habitemos la palabra.

Por: Luis Adolfo Ortega Granados
Metromorfosis. Diálogos de par en par.

25 de febrero de 2026

Aún se pone en duda sobre la posibilidad de viajar en el tiempo o al menos eso dice la llamada ciencia exacta. Sin embargo, para quienes oscilamos los 40 años, sabemos que eso es posible. Un sonido, una visión o un olor pueden ser el detonante para irnos al momento exacto en que por primera vez todos nuestros sentidos se activaron casi al mismo tiempo. En un parpadeo, el domingo 22 de febrero de 2026, se convirtió en el dispositivo que nos llevó a varias personas en Jalisco al pasado, al momento en que por vez primera oímos la palabra narcoviolencia. El olor a gasolina y humo, la detonación de arma, las sirenas encendidas de los vehículos, así como el trinar incesante de los mensajes y llamadas telefónicas, activaron el momento del viaje, cada uno viajó a ese momento, a mi me llevó a Tijuana, 16 años atrás.

Hace dieciséis años, con la llamada “Guerra contra el Narcotráfico” iniciada por el expresidente de México Felipe Caderón, escuché por vez primera eso que nombraron narcocultura, palabra que sintetiza a todas aquellas acciones materiales y simbólicas relacionadas no sólo con el tráfico de estupefacientes sino también con muerte, sangre, fuego y con el éxito fugas, es decir, una llegada rápida a la cúspide monetaria que bajo el lema “más vale vivir 5 años como rey que 50 como buey” se filtró como la humedad en las generaciones posteriores. En aquellos años viviendo en Tijuana, dos elementos rondaron mi cotidianidad: la “parálisis de la voluntad” y la “agencia trágica”.

Gustavo Alatriste nombró la “parálisis de la voluntad” a partir de producir la película de Luis Buñuel “El ángel exterminador”. Este filme ocurre dentro de una enorme casa de personas adineradas, cuando una vez terminada la cena y acercándose el final de la velada ninguno de las y los asistentes es capaz de abandonar el comedor durando varios días, nadie entra y nadie sale del lugar. Sin embargo, con el correr de los días, al repetir los pasos que cada uno hace desde la primera velada, logran recuperar su acción. A esta aparente apatía de hacer, el productor mexicano le llamó parálisis de la voluntad.

Si llevamos aquella escena surrealista al escenario de violencia vivida en Jalisco, pareciera que aquel momento en que se detuvo el tiempo ha durado, al menos en mi caso, dieciséis años intermitentes; años en que se pasa del olvido al no me acuerdo y sin embargo, cuando la narcocultura adquiere materialidad el viaje al pasado se activa, los músculos se tensan, los dientes se aprietan, los labios quedan inmóviles formando una línea recta y los buenos deseos se lanzan al vuelo con la esperanza de alcanzar a las personas favoritas.

En esos dieciséis años intermitentes, muchas veces me aprisionan dos preguntas: ¿qué pasó en aquellos días en la frontera? Y lo ocurrido el domingo 22 de febrero en Guadalajara, me lo recuerda: la narcoviolencia no es grata y en general ningún tipo de violencia; y ¿Cómo es que de a poco o de un jalón, voluntaria o inconscientemente, dejo aquellos momentos atrás para seguir con la vida cotidiana? Y es porque la vida no se detiene, con o sin violencia, el sol nos abraza todos los días; el dolor o el miedo pueden estar ahí y aprendemos a negociar con ello.

Esto nos lleva al libro de Cristina Rivera Garza, Dolerse. Textos de un país herido, en el que la escritora mexicana, afirma “luego de la parálisis de mi primer contacto con el horror, opto por la palabra. Quiero, de hecho, dolerme” (Rivera, 2011, p. 17). Es claro que el momento de la parálisis puede durar desde un pestañeo hasta dieciséis años y al mismo tiempo la acción que surge desde el miedo o el doler, aparece como una agencia trágica, que une desde lo colectivo, como un archipiélago de voluntades que, a pesar de todo, busca reconfigurar la parálisis por la asociación de voluntades críticas que nos permitan cuestionarnos sobre qué tanto hemos contribuido con esta narcoviolencia y narcocultura que hoy nos encara, seguramente en mucho, tal vez sea necesario ponernos en pausa y encontrar las respuestas al miedo o al dolor.

La propia Cristina lo tuvo más claro cuando escribió “el dolor paraliza y silencia, es cierto, pero también satura la práctica humana, y, en ocasiones, la libera, produciendo voces que, en su profundidad o desvarío, nos invitan a visualizar una vida otra, en plena implicación con los otros (Rivera, 2016, p. 9). De ahí la importancia de tejer y habitar la palabra y qué mejor que desde la radio comunitaria, una radio que nos acompañe desde el amanecer.

Referencias

  • Rivera Garza, C. (2016). La muerte me da (en pleno sexo). México. Tusquets Editores.
  • Rivera Garza, C. (2011). Dolerse. Textos de un país herido. México. Sur + Ediciones.